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jueves, 11 de mayo de 2017

Marco Ferreri (Milano, Italia, 11-5-1928 / Paris, France, 9-5-1997): In memoriam

AUTOR IRREVERENTE, ICONOCLASTA Y PROVOCADOR

Hoy es aniversario natal del cineasta italiano Marco Ferreri. Iniciado como director en España y rodando después en Italia, Francia o Estados Unidos, su cine abordó la alienación del hombre contemporáneo. Personaje original con vocación de antropólogo, creó en la pantalla un peculiar universo irónico, grotesco y paradójico, teñido de humor negro, que satiriza las convenciones sociales y el comportamiento (sexual en particular) de las clases medias. Irreverente, iconoclasta, provocador, crecientemente pesimista y radical, siempre polémico, en sus películas - a menudo en pugna con la censura administrativa o de los mismos productores- muestra una necesidad vital de expresar de forma visualmente impactante la decadencia de la sociedad moderna y el drama existencial de los seres humanos, desgarrados entre sus aspiraciones a una vida distinta, a otro tipo de relaciones, a otras formas de comunicación, y finalmente abocados al fracaso, la huída, la soledad y la muerte. Realizador inquietante y sin concesiones a la galería, a veces denostado por su desoladora visión de la naturaleza humana, sus películas no dejan indiferente, si bien la mayoría de ellas fueron mejor recibidas por la crítica o los festivales de cine que por el público.
Marco Ferreri entró en contacto con el cine mientras estudiaba veterinaria y trabajaba para una sociedad de licores. El empleo le llevó a convertirse en realizador de los spots publicitarios de la bebida que él representaba y de ahí, asociado con uno de los padres teóricos del neorrealismo, Cesare Zavattini, dio el salto como realizador e intentó renovar el documental de actualidades. Decidido a dedicar su vida al cine, fundó en 1952, junto a Ricardo Ghione, una efimera revista filmada que se tituló Documento mensile, en la que colaboraron Vittorio de Sica, Luchino Visconti, Alberto Moravia o Michelangelo Antonioni. El experimento no funcionó comercialmente, como tampoco tuvieron éxito los largometrajes en los que se implicó como productor, y eso le empujó a cambiar de país y a trasladarse a España, donde llegó con el propósito de vender lentes del tipo Totalscope. Este tipo de errante picaresca quedaría bien reflejado en el cine español que hará Ferreri (para algunos, el más interesante).
En Barcelona conoce al guionista Rafael Azcona y entre los dos ponen en pie dos obras maestras del humor negro hispano: El pisito (1959), drama grotesco codirigido con Isidoro M. Ferry, con Mary Carrillo, José Luis López Vázquez y Concha López Silva, y El cochecito (1960), comedia negrísima y esperpéntica protagonizada por un genial José Isbert que supone una aguda sátira de la pequeña burguesía sin precedentes en el cine español, de cuya historia se considera una de sus mejores películas (pese al final, alterado por la censura). Entre ambas, Ferreri dirigió Los chicos (1959), drama -con guión firmado por él y Leonardo Martín- de estilo neorrealista con el protagonismo de un grupo de jóvenes actores no profesionales, reflejando con precisión el ambiente desolado del Madrid franquista de la época. Aunque hoy son clásicos muy reconocidos por la crítica, estos tres films apenas tuvieron repercusión cuando se estrenaron, principalmente porque las instancias oficiales los clasificaron entre los de tercera categoría, haciendo casi imposible en la práctica su explotación comercial.
De vuelta en Italia, también con la colaboración de Azcona, dirgió su primer largometraje allí, La abeja reina (1963), una inconvencional comedia dramática con Ugo Tognazzi y Marina Vlady que criticaba la institucion matrimonial y que, considerada anticatólica,  fue censurada hasta en su título (se exhibió como Una storia moderna). Sus siguientes películas italianas fueron Se acabó el negocio (1964), patético drama grotesco con Ugo Tognazzi y Annie Girardot como mujer de aspecto simiesco explotada como fenómeno de barraca de feria; L'uomo dei cinque palloni (1965) -Break up en la versión más larga y completa-, comedia satírica con Marcello Mastroianni y Catherine Spaak que no se estrenó (sólo fuera de Italia) hasta tres años después (finalmente en Italia se distribuiría en 1979); Marcha nupcial (1966), comedia de cuatro episodios protagonizada por Ugo Tognazzi y también censurada, y El harén (1967), comedia dramática en la que una arquitecta (Carroll Baker) decide formar un harén con sus tres amantes (Gastone Moschin, Renato Salvatori, y William Berger) y un amigo (Michel Le Royer). Ya sin Azcona como coguionista, su cine da un giro y se hace más alegórico a partir de Dillinger ha muerto (1969), drama sobre el absurdo cotidiano y la crisis vital que confinan al hombre contemporáneo a la ascesis, con Michel Piccoli, Anita Pallenberg y Annie Girardot, uno de sus films mejor valorados por la crítica, al que siguen El semen del hombre (1969), drama sobre un futuro postapocalíptico, con Marco Margine, Anne Wiazemsky y Annie Girardot, y La audiencia (1972), drama kafkiano sobre un hombre corriente que llega a Roma con el propósito de hablar con el Papa, con Enzo Jannacci, Claudia Cardinale, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli, Vittorio Gassman y Alain Cuny, por el que Ferreri recibió el Premio Internacional de la Crítica en el Festival de Berlín.
Liza (1972), amargo drama sobre la soledad en un mundo degradado, con Catherine Deneuve y Marcello Mastroianni, fue el primero de sus films franceses. Después rodó La gran comilona (1973), insólito drama grotesco (en cuyo guión volvió a participar Azcona) en el que cuatro hedonistas aburridos (Marcello Mastroianni, Michel Piccoli, Philippe Noiret y Ugo Tognazzi) se reúnen en una mansión con la idea de suicidarse comiendo sin tregua y pronto añaden a la gula otro pecado capital, la lujuria, y así empiezan a llegar las prostitutas. El sexo obsceno se entremezcla con los cerdos, los quesos, los jamones, el caviar... Esta feroz crítica a la sociedad consumista y a la burguesía decadente, premiada por la crítica en Cannes y elogiada por cineastas como Buñuel y Pasolini, causó gran controversia por sus excesos escatológicos, fue censurada en varios países y, consecuentemente al escándalo suscitado, resultó el mayor éxito comercial de todo el cine de Ferreri. Su siguiente film, No tocar a la mujer blanca (1974), es un 'western' satírico sobre el nacimiento de los Estados Unidos, una paródica y surrealista visión de la historia trasponiendo la exterminadora batalla de Little Big Horn del General Custer contra los indios americanos a las calles de París de los años 70, con Catherine Deneuve, Marcello Mastroianni, Michel Piccoli, Philippe Noiret, Ugo Tognazzi  y Serge Reggiani como intérpretes. En La última mujer (1976), drama con Gérard Depardieu y Ornella Muti, insiste una vez más en las problemáticas relaciones entre hombres y mujeres (el film acaba con la autocastración de su protagonista masculino). Continúa por esta senda de denuncia antropológica con Adiós al macho (1978), surreal comedia dramática con Gérard Depardieu y Marcello Mastroianni donde presenta a un técnico electricista que, en una playa de Nueva York, encuentra a un simio recién nacido junto a la carcasa muerta de King Kong y lo adopta como hijo, hallazgo que hará tambalear su propia vida. Un profesor singular (1979), comedia con Roberto Benigni, ganó el Oso de Plata-Premio Especial del Jurado en el Festival de Berlín, pasando después casi desapercibida. Ordinaria locura (1981), drama con Ben Gazzara y Ornella Muti basado en relatos de Charles Bukowski, cuenta cómo un poeta pasa su vida oscilando entre terribles borracheras y extravagantes mujeres de todo tipo; el film ganó el Premio FIPRESCI en el Festival de San Sebastián y cuatro David di Donatello (uno de ellos para Ferreri como mejor director).
Historia de Piera (1983), drama erótico sobre la relación incestuosa entre una madre y una hija, contó con el protagonismo de Isabelle Huppert, Hanna Schygulla y Marcello Mastroianni. El futuro es mujer (1984), drama con Ornella Muti, Hanna Schygulla y Niels Arestrup, trata el tema de la violencia sexual. En I love you (1986), drama con Christophe Lambert y Eddy Mitchell, el protagonista se enamora hasta la obsesión de un llavero electrónico con foma de cabeza femenina que responde a su silbido con las palabras 'I love you'. Los negros también comen (1987), comedia grotesca ubicada en el Africa subsahariana, con Maruschka Detmers, Michele Placido, Juan Diego y Michel Piccoli, supuso su reencuentro con el guionista Azcona, saldado con un fracaso. La casa de la sonrisa (1988), drama sobre la vejez con Ingrid Thulin, Dado Ruspoli y Enzo Cannavale, ganó el Oso de Oro a la mejor película en el Festival de Berlín. La carne (1991), drama con Sergio Castellitto, Francesca Dellera y Philippe Léotard, combina amor, sexo, muerte y antropofagia. Diario de un vicio (1993) muestra el drama existencial en clave grotesca de un erotómano solitario interpretado por Jerry Calà. Su último film, el documental Nitrato de plata (1996) supone un personal homenaje al séptimo arte que revive la historia del cine y su evolución técnica y artística durante sus más de cien años de historia; poniendo, sobre todo, de manifiesto la extraordinaria influencia que ha ejercido y ejerce sobre los corazones y la mente de los espectadores.
Marco Ferreri, que sólo se casó una vez, con la canadiense Jacqueline Lamothe, falleció de un ataque al corazón dos días antes de cumplir 69 años.
  

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